Tomó la decisión después de haber pasado los dos peores días de su vida.
Sintió angustia.
Una angustia que hacía que se le quedara atragantado el aire en la boca del estómago.
Sintió vacío.
Un vacío llenado a base de recuerdos y vivencias compartidas y añoradas.
Se engañó.
Pensó que podría vivir como si no hubiese pasado nada aquel último día.
Se equivocó.
Un viaje en el que absorbió la ternura que ofrecía, sin saber que ya no volvería a tenerle como parte suya.
Sólo suya.
Intuyó que algo pasaba, pero miró hacia otro lado esperando que el viento de la isla se lo llevara.
Fue inútil.
La tramontana no tuvo la suficiente fuerza de arrancar de su mente lo que había resuelto.
Se terminó.
Un vago comentario haciendo referencia a sentimientos difusos e inseguros y el sueño de quereres compartidos se rompió.
Le creyó.
Tomó la decisión sabiendo que su única salida era arrancar de cuajo unos sentimientos que de otro modo le perseguirían de por vida.
Sin pausa.
Una vida, su vida, y se aferró a ella deseando que no le defraudara.
Y acertó.

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