Acarició con la punta de sus yemas la cintura sintiendo que ella se estremecía en cada movimiento oscilante sin dirección definida.
Apretó los pechos por la espalda mientras dejaba sobresalir los pezones entre sus dedos y los rozaba suavemente.
La besó y en cada ataque buscó con desesperación la valentía de contrincante, que defiende con honor la osadía del asaltante, que es capaz de allanar la morada sin ser invitado.
Nunca la encontró.
Accedió a la mesilla de noche desde donde sacó el neceser que contenía las fragancias y enseres que le acompañaban en sus escarceos amorosos.
Tomó el gel y lo extendió con dulzura y delicadeza preparando el terreno que iba a ser conquistado y lo conquistó.
No se inmutó.
Sintió el agua en forma de gotas que brotaban de cada una de las células que habilmente habían sido prensadas en una máquina made in China y suspiró.
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