Cruzó el pasillo iluminando mediante sombras las distintas habitaciones que la luz a su paso dejaba. Mientras caminaba, recordó aquellos años en los que tan feliz había sido junto a ella. Lo hubiera dado todo por Rebecca.
Ocultó sus devaneos sexuales e incluso fue capaz de mentir si la ocasión lo requería sólo por contentarla.
Se embutió en un vestido negro realizado con el traje de boda de su ama para tenerla siempre cerca y así sentir sus mismas sensaciones. Sensaciones que ya nunca lograría retener en los poros de su piel.
Amaba Manderley y todo lo que había significado para ella. Todo por lo que había vivido y que una noche desapareció sin dejar rastro.
Se sentía sola, sola y engañada después de haber dedicado cada instante de su vida a agradarla y servirla.
Para putas gracias, pensó.
Bajó los escalones con un rictus mortal en su cara, deslizando una mano por el pasamanos de la gran escalera y sujetando en la otra el candelabro mientras pensaba en su futuro.
Había decidido volver a empezar en su Rumanía natal. Tenia unos ahorrillos que había podido sisar y sabía que con ellos sería una mujer respetada.
Mientras seguía bajando, notó algo entre sus piernas que la hizo tropezar y caer rodando escaleras abajo. Al caer, las velas corrieron en distintas direcciones prendiendo fuego a tapices y alfombras que adornaban el suelo y las paredes de la estancia.
Jasper miraba desde la esquina de la puerta, dio la vuelta y salió hacia el jardín dejando una casa en llamas a su espalda.

¡Enhorabuena!
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