martes, 26 de octubre de 2010

Último instante



El posar de las alas de un ángel
sobre el tacto de mi piel,
mientras la niebla cobija tu rostro
en tus manos entrelazadas.

Un puñal atraviesa la herida,
enciende las brasas de los recuerdos,
vivencias compartidas y angustias
se funden por momentos.

Oscuro vacío de vértigo,
palabras rotas en labios,
miradas que quieren decir,
y no encuentran camino.

Inmensidad, abandono,
cánticos que dulcifican el trance
de intentar aferrarse en un instante
al amparo de tus ojos.

viernes, 22 de octubre de 2010

Sentimenen errua

Nagiekin batera besoak luzatu zituen izararen freskotasuna harrapatzeko, eta astiro, prisa gabe, burua bueltatu eta geratzen ziren amodiozko usaiak azaleko zirrara sortu zioten.
Begiak oraindik gehiegi zabaldu gabe, komunera abiatu eta uraren tantak gorputzaren kontra kolpeka hasi zirenean, oroitzen hasi zen.

Tabernaren sokondo batean, iluntasunean, bakarrik, beti bezala. Itxaroten.
Gaua  aurrera zihoan eta esperantza guztiak galduta zituenean, heldu zen.
Atea zabaldu, sartu eta uhara usaintsua uzten joan zen pausu bakoitzean. Inor ez zen konturatu,  bera bai.
Ezin zen bere aldamenetik  kendu eta ohartu zenean, hitzegiteko  momentua heldu zela pentsatu zuen.
Hitzegin, barreak, laztanak…eta ez zen gehiagotaz gogoratzen.

Txorrota zarratu gabe irten zen komunetik. Pasabidean zehar, gorputzean zeuden tantak norabide gabe irtetzen ziren horman edo lurrean hiltzeko.
Gelara heldu, gaumahaia zabaldu, ikutu eta karguratu zen.
Beste bi urte itxaron beharko zuen begietatik operatzeko.

martes, 19 de octubre de 2010

Centro mèdico

Y llegó  el  día. Después de dos meses de haberse caído tontamente al pisar la maldita baldosa, que desde hacía tiempo balanceaba en la cocina, se vistió con la mayor suavidad que pudo para no hacerse daño en el brazo y subió hasta el ambulatorio.

Los primeros días habían sido duros. Problemas para asearse, imposible hacer las tareas rutinarias de la casa, tener que tirar de comida envasada y no poder rascarse con la mano derecha sabiendo que era un inútil con la izquierda.

Entró cansado de subir la cuesta y las escaleras hasta el segundo piso, y antes de sentarse en una de aquellas sillas azules, dura e incomoda, oyó comentar al vecino de espera que sólo en Gernika se les ocurría hacer el ambulatorio en la parte más alta de la villa, teniendo en cuenta todo el espacio libre que había en La Vega.
Asintió con la cabeza y respiró profundamente al poder apoyar el brazo dolorido en su regazo.

En la media hora que permaneció sentado hasta que le tocó su turno, observó la cantidad de seres de distinta índole que poblaban aquel largo y aséptico pasillo.
Desde la auxiliar, que se cuelga medallas obtenidas por descubrimientos científicos en pro del futuro de la humanidad soltando perlas como, -¡Le he dicho que espere ahí hasta que le llame!. -¿Está sordo?, le he llamado dos veces. -¡No puede entrar en consulta sin permiso!, hasta la abuelita, que asiente a todo con la cabeza deseando que le presten la atención que fuera de allí no tiene, pasando por el joven, que estira las piernas con desgana esperando que se den prisa y le dejen en paz.

Le nombraron, entró y vio una sala bastante descuidada con una mesa y dos sillas, en una esquina y un señor con bata blanca mirándole con indiferencia. Le preguntó por el dolor mientras le hacía mover el brazo de un lado a otro y citándole para dentro de un mes, después de recetarle una crema y una radiografía, le despidió.

De vuelta a casa, todo cuesta abajo gracias a Dios, el camino se le hizo muy corto pensando el tipo de póliza médica que iba a contratar al día siguiente.

lunes, 11 de octubre de 2010

Desde el suelo

Pasó la página del periódico después de humedecer su dedo rozando la punta de la lengua. Sin interés en lo que intentaba leer, alzó los ojos por encima de los cristales de las gafas que hacía un año usaba para luchar contra la presbicia y entonces lo vio. Pequeñito, fino, intentando pasar desapercibido y mirando a todos lados. Se levantó, lo cogió con delicadeza y rapidez mientras aguantaba la respiración en unos segundos que le parecieron interminables.
Una vez sentado de nuevo en aquella terraza en la que solía degustar un excelente café todas las mañanas, sacó la  cartera e introdujo el billete de 50 euros que había encontrado.
¡Bien, da gusto comenzar así la mañana!- pensó mientras intentaba concentrarse en la lectura.

Terapia semanal

Cada cual perfiló el camino que debía seguir hasta la puerta del antro en el que habían quedado. Por la ribera del río, el bus 77, metro salida Arenal , recto y en la tercera girar a la derecha. Iban llegando y mientras unos esperaban a los otros, los otros hablaban de los unos, intentando crear un ambiente agradable y distendido.
Entraron en el Jai.                                                                       
Cada cual realizó su barrido intentando hacerse con la situación. Dos parejas al fondo intentando entenderse por encima de la música de Lila Downs, cuatro en la barra separados por la distancia justa para colocar el cepo con el cual cazar a sus víctimas y una pareja comiéndose la boca bajo la bola discotequera tipo fiebre del sábado noche.
La noche transcurrió deprisa entre risas, batallitas de viajes y amores fugaces, algún que otro bar de dudosa reputación y más de un silencio resuelto yendo al baño.
Misión cumplida.
Cada cual volvió deshaciendo el camino que había tomado al inicio de la noche. Un camino que una vez  a la semana se convertía en tiempo de reflexión y satisfacción sobre su propia vida y sobre la desdicha de la ajena.
Terapia semanal concluida.
--------------------------------------------------------------------------------