Urdió un plan para poder deshacerse de la opresión que le acompañaba desde hacía muchos años.
Había llegado el momento, y la cuenta atrás inició la carrera para culminar su objetivo.
Despacio, como quien no quiere la cosa, entró en el supermercado y empujando el carro con una mano, se encaminó hacia el pasillo de los productos del hogar.
Miró los estantes de arriba a abajo, de derecha a izquierda y lo encontró.
Retiró el matamoscas y estirando el brazo, alcanzó el veneno para ratas que se escondía al fondo de la repisa.
Lo introdujo en el bolso, disimuladamente, y continuó haciendo la compra semanal con un brillo especial en los ojos.
Se sentía satisfecha y orgullosa de si misma.
Colocó los productos en la tira neumática de la caja, pagó y fue introduciendo las compras en bolsas con una leve sonrisa.
Cruzó las columnas metálicas y volvió a oír el insoportable pitido que semana tras semana la devolvía a la cruda realidad.
-Señora Cardiel, acompáñeme a la sala de seguridad por favor- indicó el guarda mientras la agarraba suavemente por el brazo.

El morbo y la excitación que produce robar compensan con el hecho de ser pillada. Entiendo que todas las semanas robe.
ResponderEliminarContinúa en esa línea. Solo tú sabes escribir así.
Es un alivio saber que las ratas de alcantarilla siempre se libran de la escabechina ;)
ResponderEliminarCompadezco a la pobre señora.... no pudo envenenar a su novio que tanto le hacía sufrir!!! :-)
ResponderEliminarLa próxima vez habrá que intentarlo sin dolor.... qué tal matarlo a polvos (en vez de con polvos)?
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