lunes, 29 de agosto de 2011

Con dos...

Extendió los brazos para atar las sandalias con cristales de colores que compró para la comunión de su sobrina mientras de reojo analizaba la situación.
Una señora atando un caniche en uno de los barrotes del lateral, unos niños cambiando cromos a unos 3 metros de la puerta, gente paseando absorta en sus pensamientos y un señor calvo de gafas que en ese preciso instante salía y dejaba abierta la puerta de la sucursal. ¡Eureka!
Rauda y veloz metió la mano en la mochila roja, empuñó la pistola en su interior y se introdujo en la oficina del BBVA.
En unos segundos realizó un escaneo de los buitres que esperaban a sus víctimas detrás de las mesas y la vio. Con su amplia sonrisa, su melena rubia rizada y sus gafas oscuras.
Se acercó con seguridad, se plantó delante de la mesa, se sentó y sacó la pistola poniéndola sobre la mesa.

-¡Hijaputa, dámelo si no quieres que te vuele la cabeza de un tiro!

Atónita, la rubia lo puso sobre la mesa y aguantó la respiración.

Metió la pistola en la mochila, cogió el calendario y salió pensando que este sería el último año que le negaban su ansiado tesoro, faltaría más.

martes, 2 de agosto de 2011

¿Esperanza?

Si la esperanza es lo último que se pierde, ¿por qué cerró los ojos y saltó al vacío desde el borde del balcón?.
Habían intentado tenderle mil manos en cada caída pero se hacía un nudo con las suyas y no era capaz de liberarlas ni con el coctel más potente de ansiolíticos, cayendo al foso de sus oscuridades.
Volvía a emerger, dando tumbos, con euforias compartidas y soledades místicas que le abocaban hacia su deterioro físico y mental.
Sin fuerzas, carente de todo y de nada, decidió que la palabra esperanza no tenía cabida en su pequeño y agónico mundo, y saltó.
Se liberó, descansó.
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